martes, 16 de septiembre de 2008

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martes, 9 de septiembre de 2008

lunes, 1 de septiembre de 2008

EL SANTIAGO QUE CONOCÍ


En algún momento y sin darme cuenta, me dejé atrapar por una antigua y sombría ciudad, con tantas historias como habitantes tiene el lugar. Inmensa, que sólo conocí la mitad, con extremos tan extraños como el bien y el mal, del lujo y sus alturas con ese déspota mirar, hasta los antiguos, húmedos y lúgubres pasillos del centro natal.


Con personas que se esconden en la oscuridad, para dormir o solo para esperar la luz de un nuevo día llegar. Algunos calmos, en familia, abrigados, sin ningún pesar. Pero es casi imposible pensar, cuando la lluvia lava la ciudad, en toda esa gente que sin rumbo está, esas personitas que no tienen hogar, los que pululan sin parar y que en blanco y negro parecieran estar, esos que al pasar no te volteas a mirar.
Resulta difícil encontrar en un día de lluvia al mendigo o al niño que no tiene pan, ¿dónde están?, si techo no tienen o con que abrigar tan sólo esperanzas de un mejor pasar, ojalá ese gran sol alumbrara más y su alma pudieran secar. Esta ciudad tiene que cambiar.
Unos y otros corriendo sin parar en una extraña rutina que se repite sin que se pueda explicar, sin tiempo para la familia ni para conversar ¿Qué le pasó a nuestros niños que ya no salen a jugar?


Somos como hormigas nada más, y yo y tú, una más entre todas las demás, atrapados en un circuito del que ni siquiera nos dejan escapar. Lo peor es qué es nuestra culpa, aceptamos vivir una vida casi sin vida, una ciudad que se esfuerza en rechazarnos y molestarnos, si casi no nos deja respirar, movilizarnos es una prueba diaria a superar, cuidarnos, trabajar, empujar y luchar para mantener una vida que ni siquiera se puede disfrutar.
¿Qué nos pasó? ¿Es el precio de la modernidad? Pelear y pelear solo para poder comprar… ¿comprar qué? ¿Un poco de felicidad?


No creo que sea el único que se pregunte lo mismo, espero creer que cada día más piensan igual, otros esperan que suceda algo o que un milagro cambie la realidad, pero la verdad es que nuestra capital mutilada y enferma nos pide a gritos que la dejemos descansar, su mal nos esta contagiando, sus habitantes cada vez se ven más contaminados, apagados, grises, tristes, con mal genio, aproblemados, enfermos.


No se trata de tener más dinero para comprar más medicamentos, en la infinidad de farmacias que nos llaman a diario, no se trata de creerle al político de moda, no se trata de ir al Mall a conseguir felicidad en cuotas, ni de gritar o tocar la bocina para llegar más rápido a nuestra casa, si una vez allí no sabemos que hacer y nos refugiamos en la caja tonta a ver como otros nos dicen como tenemos que vivir o que tener.


Se trata de mirar más, de mirarnos más, de empezar de nuevo a hablar y de escuchar a los demás, de pensar por nosotros mismos y dejar que otros piensen por mí, se trata de darnos cuenta que es lo que tenemos y no de lo que no tenemos, de darle el verdadero valor a las cosas, de diferenciar las buenas de las malas, de ser nosotros mismos y no ser lo que otros quieren que seamos, se trata de empezar a vivir nuestras propias vidas. Vivir.


Yo estuve en Santiago por cuatro años y llegué a considerarla mi ciudad, conocí muchas personas y lugares, personas distintas en lugares comunes; viví sólo, en pareja y con amigos, viví en departamentos, en casas y hasta en un subterráneo, trabaje en muchas cosas, gané poca y mucha plata, estuve en grandes restaurantes y también comí sopaipillas en la calle.


Estuve con grandes personas sin que ellas tuvieran grandes riquezas y también compartí con personas muy pobres de mucho dinero, caminé por su Alameda de punta a cabo recorrí Apoquindo, trabajé en Las Condes, viví en Providencia y más tarde en La Florida, me enamoré y también sufrí por amor.


Usé y abusé de su ciudad y ella me usó y abusó también de mí. Santiago es una cuidad de extremos, una ciudad extraña complicada, concentrada, incomprendida, atrapada, superficial, indiferente y hermosamente fea a momentos.


Del rápido vivir de sus habitantes me extrañó su mirar, su vista rara vez es a la altura del horizonte, siempre como buscando algo perdido o evitando hacer contacto visual con otros. Desconfiados, asustados y también prepotentes, diferentes, aunque ser viñamarino, desde hace poco, ya no es tan distinto.


Creo que su gente se olvidó de cómo vivir, perdió en algún minuto durante su transformación la vida normal, la de barrio, donde todos se podían conocer y se podía confiar en el vecino, seguramente los años de gobierno militar y todo lo que eso involucró ayudó a deformar la ciudad, su conducta y a sus personas.


Del Santiago que conocí aprendí mucho, crecí, también me defraudé y morí, tuve que volver a mi ciudad para recuperar mi vida y me costó varios meses tornarme provinciano nuevamente, Santiago me había afectado e infectado, mi velocidad había cambiado, mi humor, principal característica personal, era diferente, volví impaciente, independiente, gruñón y ambicioso.


Hoy luego de varios años de mi estadía en Santiago y de haberme refugiado en una ciudad pequeña como Villa Alemana he vuelto a ser yo mismo, con otras prioridades, tranquilo y atesorando todos los momentos alegres y satisfactorios que entrega la vida, los que a la suma son los que realmente muestran una vida feliz.


Pero me reconozco portador del virus capitalino ya que cada vez que viajo a su ciudad, por motivos laborales o afectivos y recorrer sus calles o reconocer a su gente cuando vienen a desintoxicarse a mi ciudad, vuelvo a retomar el ritmo y el estrés que significa vivir allí.


Quizás esta no sea la historia que esperaban leer acerca de la ciudad capital pero esto es para mí, Santiago en mil palabras.


Rolucass